Paisaje después del apocalipsis

  • Tras el éxito de 'No es país para viejos', Cormac McCarthy ha vuelto a poner de acuerdo a crítica y lectores con 'La carretera', una novela que lo postula ya como candidato al Nobel de Literatura

El estadounidense Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933) está atravesando un estupendo momento profesional. Su penúltima novela, No es país para viejos (2006), se ha adaptado con acierto y éxito a la pantalla grande, mientras la última, La carretera, ha vuelto a reconciliar a público y crítica y si el primero la ha convertido en un auténtico best-seller (dignificando, para la ocasión, tan denostada etiqueta), la segunda le sirvió en bandeja el premio Pulitzer. Algunos augures, además, ven en él un futurible premio Nobel, y muy bien pudiera ser pues, a estas alturas, su obra se codea con la de compatriotas como William Faulkner o John Steinbeck, bendecidos ambos con el preciado galardón sueco.

En la geografía desolada (y desoladora) de La carretera no es difícil hallar el rastro de aquéllos. Si los protagonistas de Las uvas de la ira (1939) atravesaban una tierra descarnada en pos de un mendrugo de pan, los de McCarthy recorren páramos semejantes, en condiciones semejantes. Estamos hablando de supervivientes. Ahora bien, si los desheredados de John Steinbeck se enfrentaban a especuladores que eran casi unas alimañas, los de McCarthy tendrán que vérselas, literalmente, a bandas de caníbales. Los tiempos han cambiado para peor.

La novela parte de una situación mínima a la que el novelista saca todo su jugo dramático. Sólo dos personajes, un padre y su hijo, y una única acción: seguir la carretera hacia el sur a través de un paisaje apocalíptico: una capa de ceniza y una costra de herrumbre cubren el mundo (poco a poco sabremos que, en efecto, el Apocalipsis ha tenido lugar). El hombre y el niño recorren un óleo monocorde de bosques carbonizados, aguas renegridas y ciudades vacías; de cuando en cuando, esquivan un cadáver reseco. La tierra ha sido abandonada por Dios, definitivamente. McCarthy crea una atmósfera ominosa recurriendo, con proverbial finura, a las palabras o las imágenes más hirientes. Ante el tamaño de la tragedia y la hondura de la desolación, el padre hace un comentario atroz: "Ojalá mi corazón fuese de piedra". Pero no lo es; unos últimos rescoldos de sensibilidad lo mantienen en pie y lo empujan adelante: debe proteger al hijo por encima de todas las cosas. El instinto de supervivencia explica tanta tenacidad; sin embargo, ¿de dónde el miedo?

En La carretera pesa una tradición literaria ilustre, pero también un patrimonio cinematográfico no menos notable, pues si es lícito invocar fantasías apocalípticas como La máquina del tiempo (1895) de Herbert George Wells, Soy leyenda (1954) de Richard Matheson o El mundo sumergido (1961) de J. G. Ballard, referentes más o menos directos de ésta, también es cierto que el Séptimo Arte ha ejercido de musa cómplice del novelista, abriendo ante él un amplio abanico de esbozos del Armagedón o de posibles involuciones hacia estados en los que el ser humano no merecerá ser llamado tal. En esta novela, tras el Holocausto, algunos supervivientes han decidido vivir alimentándose de otros, cazándolos. La carretera es, al mismo tiempo, un camino hacia una salvación borrosa y una trampa mortal, pues si los conduce a unas tierras quizás mejores (en cualquier caso, no peores), la lengua de asfalto atrae asimismo a los depredadores. En este punto, Cormac McCarthy sugiere más que muestra, pero basta ese poco para erizarnos la piel.

Toda visión del futuro es, en realidad, un reflejo oblicuo del presente: mostrando lo que seríamos capaces de hacer, se hace un retrato de lo que somos (Podríamos recordar a propósito que la palabra 'Apocalipsis' significa sencillamente 'Revelación'). McCarthy se muestra hipercrítico con el ser humano y con lo que llamamos humanidad, un barniz que se cuartea con facilidad, o civilización, un tobogán gigantesco que cae en picado hacia un fondo en sombras. ¿No hay esperanzas? Sí, leves. La salvación del hombre, sugiere, residiría en unas pocas emociones primordiales. Leyendo esta novela poderosa y enigmática me he acordado a menudo del hermoso adagio con que Italo Calvino clausuraba Las ciudades invisibles (1972): debemos buscar y distinguir quién y qué, en medio del infierno, no es infierno. Que así sea.

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