La bruma, la ensoñación y el misterio

El siglo XIX trae dos nuevas magnitudes a la sensibilidad moderna: la irracionalidad y el pasado. El pasado como lugar del misterio, y no como estudio de los hechos pretéritos; la irracionalidad como escondida vértebra que rige nuestros destinos y nos allega a lo trascendente. La mezcla feliz de ambos conceptos es la novela gótica, el relato ambientado en el Medievo, con caballeros altivos y hermosas damas, más un enigma de sangre que lo dramatiza, que lo agrava todo. Bécquer es, sin duda, nuestro mejor y más alto exponente. Antes, sin embargo, Aloysius Bertrand había traído la novedad del poema en prosa, la inusitada fluidez lírica del Gaspar..., que Baudelaire aprovecha para cantar al París de la modernidad en el Spleen y los Pequeños poemas. Bertrand, por su parte, cantará al París de otras edades, a los burgos de Harlem y Dijon, a una España y una Italia pintorescas, dibujadas a la manera de Rembrandt y Callot. Esto es, con la violencia y la inmediatez del claroscuro.

Así, el legendario Gaspar de la Noche no es sólo una sorpresa formal, una fantástica anomalía literaria; es, principalmente, una visita onírica al continente del ayer. O como se dice en las Mil y una noches: a "las naciones de lo pasado y los pueblos de lo pretérito". ¿Pero quién es este Gaspar de la Noche, que se confiesa autor del libro en sus primeras páginas? Es, ni más ni menos, que el Diablo. Un Diablo que reconoce la supremacía de Dios y sin embargo se atribuye la inteligencia, la idea, el pensamiento artístico. Los aquelarres del Fausto, las figuras abisales de Goya, tienen su justa trasfiguración en estos delirantes grabados literarios. Scarbo, el demonio nocturno que acucia el sueño del protagonista, no es más que la personificación, que el vívido resumen, de cuanto el siglo XIX sospechaba escondido en nuestras almas. A la dilatada cuadrícula de la Ilustración, había de seguirle esta búsqueda de lo remoto, esta persecución del ideal, que a veces viene con la dulce y siniestra forma de la Ondina, y a veces, alta ya la noche, con el gesto burlón y miserable de un viejo íncubo. Toda esa porción de materia inexplicada (los sueños, los augurios, las enfermedades mentales), será la nueva argamasa literaria de la hora. También la épica de los soldados y la lírica del amor cortesano. Todo eso está, a la luz de las pesadillas, en el Gaspar de la Noche, libro enigmático, imaginario febril de un joven tuberculoso: Aloysius Bertrand, muerto en el 1841, sin haber cumplido los 35 años.

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