Desde el centro de la maravilla

Todos tenemos una Arcadia feliz, una idea del Paraíso. La Arcadia feliz de Gustavo Martín Garzo es la Creta de los laberintos y los delfines pintados. Una civilización lo suficientemente mítica y desconocida como para permitir a la imaginación campar a sus anchas entre sus ruinas.

Ariadna es, por supuesto, la narradora encargada de guiarnos a través El jardín dorado. Su nombre no aparece nunca en la historia, como no lo hacen los de los demás actores, definidos por su principal atributo. La Creta recreada por Martín Garzo recoge el recuerdo de las tierras habitadas por mujeres extraordinarias, como la isla de Ávalon o las Hespérides -todas ellas, por supuesto, territorios insulares, aislados y remotos-. El escritor vallisoletano retoma parte de la mitología cretense -el rey Minos y su esposa, Dédalo, las diosas de las serpientes, los bailarines del toro o de la grulla, el inconcebible minotauro- para hacer eclosionar su potencial, que es enorme. Y así, las historias que parecían ya cerradas y completas, se retuercen y adquieren nuevas formas.

Martín Garzo nos deja mirar a través de su caleidoscopio y encontramos que Pasífae era en verdad una reina extraña, que soñaba con animales blancos. Que el inventor Dédalo la amaba y realizaba para ella todo tipo de ingenios. Que Ariadna y el minotauro contaban con varias hermanas con extraños dones y querencias -por la vida, por el sueño, por la esencia, por la entrega-. Que el amor, la tragedia y el sentido de lo maravilloso iban de la mano.

Unas historias -juega a decirnos el autor- que, su vez, pudieron muy bien ser germen de otros mitos, esparcidos desde un primigenio ovillo de leyendas por todo occidente.

Con El jardín dorado, Gustavo Martín Garzo nos regala, envuelto en un lenguaje suave y lírico, un libro que tiene el aspecto de ser homenaje a un mundo. Y que termina siendo un libro trampa: páginas en las que dejarse atrapar con gusto.

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