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LA TRiBUNA

Adolfo González Montes

Espíritu que hace la Iglesia

PENTECOSTÉS es la fiesta del Espíritu de Cristo derramado sobre sus discípulos, el Espíritu que les quitó el miedo a aparecer en público y los impulso a afrontar y llevar a cabo la misión que el Resucitado les había confiado: "Id, pues, y haced discípulos de todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mateo 28,19).

Para bautizar a alguien hay que contar con su conversión a Cristo, y esta conversión no podrá producirse sin la predicación del Evangelio.

Lo decía san Pablo con gran lógica y quemazón interior: "Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? (Romanos 10,14-15).

Durante los domingos de esta Pascua he bautizado a medio centenar de adultos que han venido a la fe: un buen número de africanos y algunos europeos y españoles, y niños y adolescentes en edad escolar. También los sacerdotes y diáconos han bautizado otras muchas personas, sobre todo niños en edad escolar y que no fueron bautizados al nacer.

Todos ellos han encontrado en Cristo la luz poderosa que ilumina ahora sus vidas y sin verle le han amado, como decía san Pedro a unos cristianos nuevos. Les ha sido posible porque ha habido alguien que les ha predicado a Cristo, se lo ha dado a conocer como Salvador único y universal. Se lo han presentado con las mismas palabras de Pedro y Juan lo presentaron ante Israel y ante sus autoridades, ante judíos y extranjeros: "No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que podamos salvarnos" (Hechos 4,12).

Anunciar a Jesucristo así es condición de toda predicación cristiana. Los cristianos han de hacerlo en público y en privado, advirtiendo a todos que para poder confesar a Jesucristo como Salvador único y universal tienen que ser movidos por el espíritu Santo en su interior, porque sólo Dios, por medio del Espíritu Santo, puede revelar a Cristo a los hombres.

Es el Espíritu, que procede del Padre y del Hijo, como se recita en el Credo, el que atrae a Jesús y desvela el misterio de su persona llevando a cuantos se reconocen ante Dios necesitados de perdón y misericordia al arrepentimiento y a la transformación personal, acogiendo la vida divina que llega por medio de4 Jesucristo.

Esta vida la infunde el Espíritu Santo en cuantos creen que Jesús nos ha dado a conocer a Dios y es el camino para llegar a él. Todos los discípulos de Jesús viven del Espíritu santificador

El Espíritu Santo es el que impulsa la misión de la Iglesia y el apostolado de ministros, religiosos y seglares. Él es el verdadero organizador de la Iglesia e impulsor de la Iglesia, que celebra en Pentecostés el envío al mundo de los discípulos. Pentecostés no sólo culmina las celebraciones pascuales, sino que abre la acción de los cristianos a la universalidad del mensaje.

Por esta razón la Iglesia pone particular acento en que los laicos comprendan su misión en el mundo a partir del envío de los apóstoles. El apostolado de los laicos es para el mundo savia vivificadora y está llamado a regenerar el corazón y la mente de cuantos quieran oír el mensaje y, conociendo que Cristo murió y resucitó para que el mundo tenga en la vida de Dios su futuro más cierto, se sumen a la misión de la Iglesia. Esta misión es la razón de su existencia.

La Iglesia no vive para sí misma, sino para el anuncio de Cristo al mundo. La Iglesia no es una sociedad endogámica que busque autoafirmarse para su propio provecho. No puede serlo.

A la Iglesia se llega por la fe en Jesús, y la fe es don del Espíritu. Por eso la identidad de la Iglesia no es obra de los hombres, sino del mismo Jesús y de su Espíritu. En la Iglesia todo es gracia y todos los que están en ella beben del mismo Espíritu, aunque sus funciones y carismas, esto es, sus dones y servicios sean diversos, porque todo en la Iglesia es para el bien de todos sus miembros.

Sólo con una vida obediente a la acción del Espíritu Santo, podrán los cristianos dar a conocer la identidad verdadera de la Iglesia y aquella verdad de que es portadora, la verdad que libera y da nueva vida, la verdad de Dios que viene de Cristo y ella comunica a los hombres. El apostolado de los seglares es decisivo para que quienes sólo conocen de la Iglesia su figura social puedan descubrir en ella a Jesucristo, única razón de ser de la Iglesia.

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