No enfadarse, no mentir

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Aunque vive en el centro de Barcelona, Thubten Wangchen está sumergido en el mundo tibetano y no le molesta el ruido de la gran ciudad. “Mejor estar rodeado de coches que por las tropas chinas”, argumenta, en un español entrecortado en el que se adivina cierto deje catalán. Su casa es un refugio para los tibetanos que llegan a España: les ofrece de comer y un sitio para dormir hasta que consiguen papeles y trabajo. Todos dejaron atrás un paraíso entre altas montañas, donde por la noche parece que puedes tocar las estrellas, pero intentan permanecer contentos con la ayuda de la meditación. “Por la mañana adquiero el compromiso de no mentir, no enfadarme y no dañar a nadie y así estoy alegre”, explica el lama, cuyo nombre se traduce como ‘doctrina del Buda’. En tibetano todos los nombres quieren decir algo. El nombre del pueblo que le vio nacer, Kirong, significa ‘valle de la felicidad’. Fue la primera ciudad que pisó el austriaco Henrich Harrer cuando llegó desde Nepal y la India. Le dedicó un capítulo de su libro ‘Siete años en el Tibet’ y dijo que, si pudiera elegir donde vivir, ése era el sitio.

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